¿Qué se espera de mí como CEO, hoy, ahora?

Mark Zuckerberg, creador y director de Facebook

Hace poco, un medio de prensa titulaba: ¿Qué se espera de los CEO del próximo gobierno? Interesante pregunta, porque puede que tengan que esperar mucho.

Pero a mí se me ocurría que bien podría venir, como inmediato rebote, como aguda contrapregunta, esta otra: ¿qué se espera, más bien, de los CEO? Tal vez, la primera pregunta, pertinente, tiene respuesta clara: se requiere un decidido aliento al desarrollo, a la inversión, con trabajo y salud.


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Pero también, a la vista de los últimos acontecimientos, de la imparable pandemia, de la corrupción generalizada y de las críticas a la empresa privada, es evidente que habría mucho que esperar de los empresarios y CEO. Y siendo –como en efecto son los empresarios– personas con capacidad de hacer, de gestionar, de crear riqueza, su responsabilidad hoy es enorme: ¡no se puede soslayar!

¿Cómo permanecer pasivos ante tanta necesidad? Las carencias y apremios dan pie a posibilidades y oportunidades. El mundo entero parece enfermo de individualismo, y nuestra sociedad no es una excepción. Por eso, el cambio que se espera de la empresa privada solo será factible si sus directivos lo asumen con solidaridad y urgencia. Pero ninguna transformación se hace sola: son imprescindibles las personas; y para que los cambios sean adecuados, eficaces y duraderos, estas deben tener virtudes.

¿Qué se espera de mí como CEO?

La primera es estar abierto a las necesidades de los demás; esos “demás” son, en lenguaje de negocios, los stakeholders. Y ahora podríamos concretar la pregunta anterior: ¿qué esperan de mi empresa mis trabajadores, mis proveedores, mis clientes?, ¿qué esperan de mí como CEO? La respuesta no es la que uno premeditadamente pudiera suponer; hace falta observar, indagar, escuchar… sin prisas, sin prejuicios.

Es evidente que la empresa debe tener utilidades, pero es oportuno recordar que estas provienen de brindar un buen producto o servicio, ofrecido gracias a los colaboradores y proveedores de la organización; y apreciado por los clientes. Por lo tanto, y siendo solidarios con ellos, ¿no será el momento de ajustar precios o márgenes? Hay que preguntarse esto con valentía y sinceridad. Lo que nos conduce al comportamiento austero y sobrio. Cuántas veces incurrimos en gastos o inversiones porque nos dejamos llevar por la comodidad, el capricho o la frivolidad. Una dosis de sacrificios personales por los demás es efectiva y reconocida.

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Para llevar a la práctica la apertura a los demás y la sobriedad ayudará muchísimo tener magnanimidad, virtud que dispone el ánimo para emprender cosas grandes; el magnánimo prefiere la verdad a las opiniones, es generoso; hace el bien sin esperar pago; prefiere el vuelo del águila al de la gallina, aunque el riesgo sea mayor. El magnánimo confía más que en sus capacidades en las de los demás; no les teme a las dificultades, aunque tampoco las subestima; es valiente, no calculador. Este es el momento para resolver a lo grande –no por tamaño o complejidad– las grandes carencias.

Tres virtudes

Desde luego, de empresarios y directivos también se espera honradez, optimismo, reciedumbre, paciencia, respeto, comprensión… Pero las tres virtudes antes apuntadas constituyen un imperativo actual e impostergable. Es conveniente pensar que, si este cambio de actitud y de hechos no se llevan a cabo, se corre el muy probable riesgo de que otros los impongan, de mala manera y con peores resultados.

Esto es lo que ahora se espera de ellos. Sé que ya hay unos cuantos que, discretamente, están transitando esta senda; estoy seguro de que muchos más pueden y deben hacerlo. La empresa es un poderosísimo medio de transformación: solamente faltan directivos dispuestos a emprenderla. ¡Así cambiaremos el país!

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