La crisis energética moldea el concepto de ciudad inteligente

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El desajuste temporal entre la oferta y la demanda energética provocada por la subida de precios y el conflicto en Ucrania puede acelerar la implantación de energías renovables y limpias en el mundo. Las ‘smart cities’ o ciudades inteligentes están llamadas a liderar el proceso.

 

Las ‘smart cities’ no son cosa del futuro. En la actualidad, cientos de ciudades en todo el mundo tienen como objetivos principales proveer una calidad de vida a sus ciudadanos con infraestructuras, transporte y espacios verdes al tiempo que reducen las emisiones de dióxido de carbono (CO2) y promueven el uso de energías limpias. Para conseguirlo, las ciudades inteligentes emplean la innovación y las últimas tecnologías. Datos en tiempo real para conocer la calidad del aire en una zona, sensores para controlar el uso de agua, implantación de transporte público de cero emisiones o materiales de construcción que cuidan el medioambiente se están implantando en muchas ciudades.

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“Se trata de pensar, gestionar y vivir la ciudad”, señala Fernando Rojas, experto en asuntos urbanos y ex asesor de la alcaldía de Bogotá. “Logramos una ‘smart city’ si dos elementos clave se combinan. Uno se da cuando se promueve el desarrollo tecnológico y se marcan unos parámetros desde el espacio público. El otro es cómo los ciudadanos entienden, asumen y ponen en práctica estos desarrollos,” apunta.

Para que una ciudad se considere ‘smart city’ hay un asunto clave: la energía. Importa la fuente, cómo se produce y cómo se usa en las ciudades. Para ser más eficientes energéticamente, los equipos responsables de la gobernanza de las ciudades han tomado soluciones al respecto. En la actualidad es común que se implanten cambios del alumbrado público a bombillas de bajo consumo y que se aumente el uso de fuentes limpias como el hidrógeno verde para el transporte público de masas. También se instalan ‘smart grids’ o redes inteligentes que regulan de forma automática la oferta y demanda de energía en edificios públicos.

La situación actual de crisis energética es un acicate más para alcanzar la eficiencia y llevar a cabo políticas de sostenibilidad. “Es fundamental que las ciudades tomen la delantera en el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible que establece las Naciones Unidas (ONU). Es en las ciudades dónde eso se materializa y ahí es fundamental lograr explicar a las personas cómo se hace y cómo se vive la ‘smart city’”, señala Rojas.

Los avisos de las Naciones Unidas son claros: para 2030 un 60% de la población mundial vivirá en centros urbanos. Y entre los objetivos actuales y futuros, la organización establece que las ciudades deben ser lugares seguros, sostenibles e inclusivos. Además, con el aumento del precio de la energía eléctrica en muchos países europeos los alcaldes de las principales ciudades se han puesto a trabajar en busca de soluciones. Y se pueden encontrar. Según el estudio Smart cities: A digital solutions for a more livable future, de la consultora Mckinsey, gracias al uso de tecnología de datos, una red de conectividad en tiempo real y el uso de aplicaciones y sensores, las ciudades pueden “reducir las emisiones de CO2 entre un 10-15%, reducir el consumo de agua entre un 20-30% y reducir el volumen de residuos sólidos per cápita entre un 10-20%.”

Pekín, por ejemplo, redujo en el periodo 2013-2017 un 20% la contaminación del aire que respiraban sus ciudadanos, pasando de una media anual de concentraciones de partículas contaminantes PM2.5 de 89.5 a 58µg/m3, según el estudio de la ONU A review of 20 years’ Air Pollution Control in Beijing. Esto se consiguió gracias a la paralización de centrales de carbón en los alrededores de la ciudad, la reducción del tráfico y la disminución de la construcción. Durante ese periodo, la alcaldía estudió la calidad del aire gracias a sensores e informó, vía ‘smartphones’, de la calidad del aire en cada zona de la ciudad para que sus ciudadanos tomaran medidas.

La crisis energética ha puesto de acuerdo a la alianza C40, una red de ciudades que aúna esfuerzos para disminuir las emisiones de carbono, en que se necesitan emprender nuevas acciones. Estas ciudades, cuya vicepresidencia ostenta en estos momentos Barcelona, usan gas en un 55% para calefacción y aire acondicionado en edificios residenciales. En la actual coyuntura se han comprometido a profundizar en la búsqueda de soluciones científicas para combatir el cambio climático.

El desafío de las ‘smart cities’: ciudades inclusivas sin brecha digital

Mientras los equipos de gobierno de las ciudades combaten el cambio climático con inversiones, tecnología y mucha imaginación, hay un aspecto que no debe olvidarse: que las mejoras lleguen a todos los ciudadanos. “Lo primero que deben hacer los gobernantes de una ‘smart city’ es reconocer la situación de desigualdad o de falta de inclusión en sus ciudades”, señala Rojas.

Las infraestructuras como el transporte limpio, los espacios verdes o el tratamiento de residuos deben darse en el centro de las ciudades y también en las periferias de las mismas. “Fundamentalmente, los barrios más vulnerables de las ciudades están lejos de ser ejemplo de una ‘smart city’. Ahí viven las personas que más tiempo gastan en desplazamientos para llegar al trabajo y muchas veces el transporte no es eficiente. También son personas que muchas veces tampoco tienen internet de calidad o no cuentan con equipos de trabajo, así que la conectividad y comunicación falla y aparece una brecha digital”, indica Rojas.

Para no dejar atrás a nadie, los propios ciudadanos se han organizado en grupos de trabajo llamados Smart Citizens Labs. Estos centros conectan a las personas, abren debates de mejoras y crean aplicaciones de software libre. En la actualidad hay una red de ciudadanos de diversas ciudades europeas (destacan Barcelona y Amsterdam) que se implican en que la ciudad inteligente sea abierta y para todos.


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