¿Decrecer… o crecer en forma sostenible?

Luis Cifuentes Lira

Por Luis Cifuentes Lira PhD, Profesor del Departamento de Ingeniería y de Sistemas de la UC

¿Decrecer… o crecer en forma sostenible? El IPCC entregó el tercer volumen de su reporte, el sexto desde 1992, y el más serio de todos. Para limitar el aumento de temperatura del planeta a menos de 2°C (un poco menos del doble del calentamiento a la fecha) debemos tomar acciones hoy. Limitarlo a menos de 1,5°C requiere acciones mucho más drásticas.


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La lógica es simple: si los problemas que provocan el cambio climático son causados por el mayor consumo de bienes y servicios, la solución es reducir dicho consumo. Simple.

¿Es razonable esta propuesta? En mi opinión, no. Incluso creo que va en la dirección incorrecta. El desarrollo económico ha contribuido no solo a un mayor bienestar y a una mejor subsistencia de gran parte de la humanidad, sino que lo ha hecho en forma menos agresiva con el medio ambiente. ¿Cómo puede ser? El desarrollo económico no solo significa mayor consumo, sino también mejor educación y tecnología para satisfacer ese consumo, y eso reduce el impacto ambiental (por supuesto existen excepciones, como en todo).

Hay varias razones para esto. Primero, la generación de residuos no es deseable para los productores. Citando a Gonzalo Muñoz, campeón de la COP25: “La basura es un error de diseño”. Y es un costo: no solo implica pagar por disponerla, también es una pérdida de materiales. Segundo, conforme la sociedad mejora su bienestar, exige una mayor calidad ambiental y esto se transmite a los productores, ya sea a través de regulaciones más estrictas, o mediante las elecciones de consumidores más educados y con más recursos que, si tienen la opción, prefieren productos con menor impacto ambiental.

Esto no es teoría: se observa en la historia. En las primeras etapas del desarrollo, la actividad económica es muy contaminante —se produce como se puede— mientras que, en países más desarrollados, la actividad económica es compatible con un medio ambiente sano. Abunda la evidencia. Las ciudades de India y China, ambos países aún en plena etapa de desarrollo, con apremiantes necesidades sociales, están entre las más contaminadas del mundo.

Las ciudades más limpias están ubicadas en países del mundo desarrollado. ¿Por qué? Porque, aunque los ciudadanos exijan ciudades más limpias, para lograrlo, se requiere disponer de recursos y tecnología (dos resultados del crecimiento económico). En Chile también lo vemos: mientras Santiago ha eliminado en gran parte el uso de la leña (el más contaminante de los combustibles), muchas ciudades del sur se ahogan en su humo. La tecnología limpia para reemplazarla existe comercialmente, pero no los recursos para desplegarla masivamente.

Crecer en forma sostenible

Contra esta premisa, se puede argumentar que la humanidad ha superado los límites planetarios en muchos ámbitos. Pero, en gran parte, eso se debe a su propio éxito: la población mundial se ha triplicado desde 1950. A pesar de eso, el uso de recursos no ha crecido en la misma proporción. Los temores de los años 70, de que la humanidad no tendría suficientes alimentos, se disiparon gracias a la tecnología. Si todavía existe hambre es debido a la mala distribución y a la desigualdad, dos problemas reales aún no superados, pero que el decrecimiento exacerbaría.

Si aún con la mejora tecnológica superamos los límites, ¿qué hacemos? ¿Reducimos la población? No creo que sea la solución; además, no es factible (la experiencia de China es un ejemplo). Descartado esto, lo único que queda es ser aún más eficientes en la producción de bienes y servicios. Eso requiere más educación de parte de la ciudadanía y mejores empresas, comprometidas con un desarrollo sostenible. Cualquiera sea el ámbito y tamaño de una empresa, debe comprometerse con hacerlo lo mejor posible en el ámbito social y ambiental. Lo que antes era un plus, hoy es un requisito mínimo que evoluciona constantemente, y los criterios ESG representan un paso en este sentido.


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