Consumo responsable

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Por: Tatiana Landín

La base de la vida es atender nuestras necesidades, con conciencia eso sí, de que todo el género humano las tiene. Buscar satisfacerlas obliga a las personas a generar nuevas formas de subsistencia. Cosa difícil en un país como el nuestro donde un sueldo básico es de $ 425 y la canasta familiar registró $ 753,6, según datos del INEC de junio. Sin embargo, la vida actual exige acomodarnos y cumplir con gastos que cubran el camino de lo elemental.

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Vivimos rodeados de estímulos masivos. Cada uno de nosotros suele ser el modelo del consumidor ideal para las empresas que ofrecen bienes y servicios. Piénsese en cuántas llamadas recibimos de operadoras celulares que buscan “premiarnos” por ser buenos clientes y nos seducen con algún producto nuevo o facilidades en planes creados “solo para nosotros”. Muchos no caemos en las trampas, pero cada día cuesta más hacernos a un lado porque quien pasa por las redes sabe que los algoritmos siguen los rastros que dejamos en ellas. Vivir al margen parecería ser un modelo ascético. Casi imposible.

El ser humano se esfuerza por causar sus propias innovaciones… pero cada cierto tiempo debe poner límites…

Reparar en nuestras prácticas consumistas puede echar un vistazo a la importancia que damos a los bienes materiales. Por ejemplo, ¿cuántos automóviles o televisores hay en una casa donde viven varias personas? El recuerdo de un solo televisor en la sala implicaba también contar con un espacio colectivo para compartir entre amigos y vecinos. La exhibición de las salidas, fotos de gastronomía, bebidas o escenas de ocio completa el álbum de las prácticas consumistas que halagan al yo que disfruta poseyendo y mostrando. Dichas experiencias están vinculadas al despliegue de emociones, característico de una condición hiperconsumista (Gilles Lipovetsky).

Hace poco observaba un reportaje sobre el daño que genera la industria textil en el medio ambiente. Aquí aplico el dicho “una imagen vale más que mil palabras”, pues la pieza visual incluía amplias tomas sobre las 59.000 toneladas de ropa descartada que llegan al desierto de Atacama en Chile y que el pasado junio sufrió un incendio. Dicha ropa, en cantidad colosal, es un rastro de la irresponsabilidad de empresas y usuarios. Se culpa a la llamada fast fashion (término que denomina a la ropa con poca vida útil) y a la falta de conciencia en su producción y uso masivos. Según el portal Página 12 “la industria textil es responsable del 20 % del desperdicio del agua a nivel mundial”. Sin mencionar la otra cara de la producción a bajo costo: las precarias condiciones laborales de los trabajadores.

El ser humano se esfuerza por causar sus propias innovaciones y por medios que facilitan la cotidianeidad, pero cada cierto tiempo debe poner límites y reparar los daños que conllevan dichas comodidades. Siempre existen formas de comprometernos en informarnos para cambiar el desastre que causamos al medio ambiente. Por suerte, existen iniciativas locales de ropa de segunda mano donde podemos conseguir prendas en buen estado o reutilizar nuestro vestuario para darle una segunda oportunidad, sin necesidad de invertir en grandes gastos. Y hacer un estilo de vida del consumo responsable. (O)

Fuente: El universo


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