¿Qué está ocurriendo con las neurociencias?

cerebro encima de una mano - neuromarketing

Existe un pseudodogma según el cual solo el saber procedente de las ciencias naturales, con sus métodos y explicaciones, es un conocimiento verdadero y confiable… el resto son lindas metáforas propias del saber vulgar. Esta postura es propia del cientificismo empirista, es decir, de un modo de pensar que, irónicamente, es filosófico y no procede de ningún experimento científico.

Como suele ocurrir en la historia del pensamiento, esta pretensión de reducir el todo a una de sus partes vuelve hoy como una forma parasitaria de las neurociencias.

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El gran avance tecnológico que ha facilitado enormemente estudiar el cerebro de los seres humanos «vivitos y coleando», como diría mi abuela, y los descubrimientos que esto ha permitido a diferentes neurocientíficos, ha provocado en los últimos años una avalancha de investigaciones, artículos y publicaciones. Basta poner el prefijo «neuro» delante de otra palabra para que lo que se diga luego cobre una especie de aura, un carácter solemne y serio.

No pretendo ingresar en el terreno de los nuevos descubrimientos y aportes de las neurociencias, ya hay mucho escrito al respecto y me parece excelente todo descubrimiento que signifique una mejora para la vida humana y ambiental.

Solo pretendo poner de relieve que hoy se ha colado nuevamente este parásito intelectual que es de la familia de los reduccionismos, propios de la mente humana que desea tener todo bajo control. Como todo parásito, vive de su huésped. En este caso, el cuerpo lo han puesto las neurociencias, las cuales, como su plural lo indica, forman un saber multi e interdisciplinar y que tienen como punto en común su conocimiento sobre el cerebro -sobre su estructura y funcionamiento- especialmente el cerebro humano.

El doctor Juan José Sanguineti, en su libro «Neurociencia y filosofía de la mente» (2014), que recomiendo para aquellos a quienes les interese profundizar en el tema, denomina a uno de estos reduccionismos parasitarios como «neurologismo». Según este gran estudioso del tema, «muchos biólogos y neurocientíficos… son neurologistas por convicción quizá inconsciente». Según este autor, para los «neurologistas» la causa de todo lo humano debe reducirse a causas neurales y agrega: «Todas las actividades humanas -religión, moral, derecho, economía- en último término tendrían una explicación cerebral».

Aquí se puede ver el carácter parasitario de estas ideas ya que, como suelen hacer los parásitos, son una postura que se alimenta de algo verdadero. Es cierto, por ejemplo, que todas las actividades mentales del ser humano necesitan de la base neural, también que una enfermedad o lesión cerebral puede afectar, como de hecho ocurre, el normal desarrollo intelectual de una persona, pero de ahí a pretender reducir todo acto mental, la libertad humana y la moral, por ejemplo, a cuestiones físico químicas que ocurren en el cerebro, lejos de fortalecer el conocimiento humano en general y el conocimiento neurocientífico en particular, es un paso atrás, un error en el que ya se caído a lo largo de la historia. Es el error de reducir la pluricausal naturaleza de la actividad humana a una de sus dimensiones, es partir del presupuesto filosófico, no neurocientífico, de que toda la realidad se reduce a lo físico.

Esta aparente simplificación termina complicando infinitamente la posibilidad de explicar aspectos centrales de la vida humana, como ocurre, por ejemplo, con el hecho de que somos seres libres.

Es muy interesante observar, por ejemplo, cómo quienes han partido desde el inicio de un presupuesto filosófico, consciente o inconsciente, que reduce todo a lo físico/material como única dimensión humana, intentan luego explicar el hecho experiencial y evidente de que el ser humano es un ser libre. Algunos, finalmente, terminan claudicando y directamente concluyen que la libertad humana es una mera ilusión, una mala jugada que nos hace pasar nuestro material cerebro. Otros, hacen mil y una piruetas para no negar la libertad y, a la vez, intentar congeniarla con un cerebro determinado por las leyes de la fisicoquímica. Pero ninguno llega ni puede explicar seriamente la libertad humana, como capacidad de no estar determinados, de no estar encadenados a realizar esto o aquello y, mucho menos, a poder explicar la libertad humana como la capacidad de autodeterminarse por un valor, por una actividad considerada como preponderante para la existencia de este o aquel hombre o mujer, por una relación auténticamente amorosa y humana.

Pienso que el mayor favor que hoy se le puede hacer a las neurociencias y al conocimiento humano en esta área del saber es permitirle ser lo que es, es no pretender transformar a esta interesantísima rama del conocimiento científico en una pseudofilosofía materialista con pretensión de explicarlo todo, a costa de reducir la inmensa riqueza humana a una de sus dimensiones.

Parafraseando a un gran profesor que tuve en el colegio y luego reencontré en la facultad, cuando algo o alguien pretende ser lo que no es, cuando se sale de su autenticidad, cuando se sale de sus auténticos límites se extralimita, cuando se sale de sus términos se auto extermina. Sirva este artículo como un pequeño aporte «antiparasitario» para un auténtico y saludable saber neurocientífico.

*Juan Francisco Reinoso es Licenciado en Filosofía, Diplomado en Bioética y miembro del Comité de Ética del CINME.


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