¿No todo en la vida es “neuro”?

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La neurociencia ha producido un enorme volumen de conocimiento durante las últimas décadas. Saberes que han cambiado nuestra forma de entendernos como especie y como individuos. Sin embargo, también ha alimentado una cierta visión determinista que se conoce como cerebrocentrismo, o el intento de explicar toda la vida psíquica y operativa en términos neurológicos.

Si bien es cierto que las hormonas y las neuronas juegan un papel muy importante en la conducta de las personas, también lo es que no todo se puede explicar en términos de bioquímica. Por eso, el cerebrocentrismo se considera una postura extrema que deja por fuera muchas otras variables que influyen en el comportamiento.

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Uno de los aspectos preocupantes del cerebrocentrismo es que también busca explicar los problemas o desequilibrios psicológicos como un efecto exclusivo de alguna anomalía en el cerebroEste reduccionismo lleva a grandes equívocos, pues ni un malestar es efecto único de una alteración bioquímica, ni la paz o la felicidad son consecuencia de ajustar sustancias.

El cerebrocentrismo

El cerebrocentrismo es una tendencia reduccionista que pretende atribuirle al cerebro la capacidad para determinar todas las conductas humanas. Para este enfoque no tiene validez el hecho de que ese cerebro está inmerso en un contexto social e histórico que influye en la forma como se modelan y se despliegan los comportamientos.

Esta tendencia nació a partir de los años 90, época que se conoció como la “década del cerebro”. En aquel entonces se invirtió mucho dinero en la investigación del sistema nervioso y esto dio como resultado una serie de descubrimientos y avances que permitieron entender mejor la forma de operar de la mente.

Se generó casi una “moda”. En todas partes comenzó a hablarse de la “hormona del estrés” o la “hormona de la felicidad” y expresiones similares. Se generalizó la idea de que cualquier malestar o molestia que se presentara en un ser humano era obra de algún desequilibrio orgánico y que, por supuesto, era posible corregirlo al restablecer dicho equilibrio.

No todo es “neuro”

El cerebrocentrismo fue una tendencia muy bien acogida, no solo entre los científicos, sino también entre el público en general. De un modo u otro, es gratificante la idea de que el malestar psicológico es efecto de procesos sobre los cuales no se tiene control. En otras palabras, de que no hay responsabilidad alguna en esas dificultades personales.

Así las cosas, el cerebro vendría a ser la causa última del malestar personal. Ese cerebro, a su vez, ha comenzado a verse como un órgano que funciona de manera autónoma, sin que el individuo pueda hacer algo al respecto. Lo que surge de ahí es la idea de que la respuesta a todos los problemas está en el uso de algún fármaco o de prácticas que modifiquen la química del cerebro de manera positiva.

Reducir todo a circuitos neuronales o a neurotransmisores es algo que tranquiliza, pero deja por fuera la realidad evidente de que el cerebro no existe en medio del vacío. Forma parte de un individuo que tiene experiencias específicas y que se desarrolla en un momento histórico único y en medio de una sociedad concreta. Todo ello también conforma lo que es y ejerce influencia en su malestar.

El cerebro como mediador

El cerebro es una parte esencial de lo que somos, pero no es lo que somos. Este órgano como tal no crea por sí solo actividades como el lenguaje, el arte, las matemáticas, etc. Lo que hace es posibilitarlas, pero son los individuos con cerebros, en su interacción, quienes crean esas producciones y frutos. El cerebro es mediador, no causador.

Aspectos, como la empatía, no están determinados por un circuito cerebral, como apunta el cerebrocentrismo. Esta habilidad es fruto de la crianza y de las experiencias personales. El cerebro influye, pero no lo configura. No hay gente que nazca con el circuito de la empatía “activado” o “desactivado”; son las interacciones con el mundo lo que hace que se desarrolle esa capacidad o no.

Lo mismo aplica para el malestar, los trastornos psicológicos o como quiera llamársele. Si bien se parte de una estructura cerebral que facilita o limita ciertas conductas, al final son las experiencias del individuo y la forma como este opere con ellas lo que da como resultado una dificultad en este sentido.

Por lo tanto, los seres humanos somos nuestro cerebro, pero también la interacción con el entorno y con nosotros mismos. Todo en conjunto nos define.


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